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miércoles, 21 de junio de 2017

el que rie el último..


La oscilación de las adelfas en la mediana de la carretera era el único símbolo en recordarme que nada había  cambiado en treinta años de ausencia.
Paradógicamente, la pequeña ciudad de provincia se había transformado en un monstruo  de edificios altos que habían  devorado el encanto de aquellas calles casi pueblerinas de casas familiares de dos plantas y edificios de poca altura.
Recibí la notificación un martes de junio, ese mismo viernes me puse en marcha, no quería demorar ni un día más el sufrimiento al   que me había sometido mi padre desde el mismo dia  de mi nacimiento, hace ya  más de cincuenta años.
Mi padre acababa de morir, lo supe un mes antes. Lo que nunca imaginé es que me legara gran parte de sus bienes. Hasta después de muerto quiso dominar y controlar mi vida, lo que no sabía él es que, como dice el refrán, "el que rie el último rie mejor".
Se procedió a la lectura del testamento. Cuando el albacea e íntimo amigo de mi padre expresó su voluntad, yo acepté sin  ninguna oposición. La sonrisa maliciosa de Herminio, el albacea, le hizo pensar que por fin mi padre iba a ganar el pulso.
Cuando todo estuvo a mi nombre, fui a la parroquia donde mi padre asistía a misa cada domingo y fiesta de guardar, pero donde jamás daba un donativo a los mendigos de la entrada. Busqué al padre Antonio y......me reconoció al instante, me dio la bienvenida y un abrazo conciliador a la vez que me dijo que siempre había pensado en mi como un buen chico.  No se sorprendió  en exceso cuando le comuniqué mi intención de donar a su parroquia la suculenta herencia de mi padre. Me aconsejó que no fuera orgulloso y que olvidara el rencor.
No era  cuestión de orgullo ni rencor.
Regresé a mi casa, con mi mujer y mis hijos, mi familia, a la que mi padre ignoró siempre por la procedencia humilde de mi mujer, con la que he sido feliz sin necesidad del dinero de mi padre.